El
mundo puede estallar a las cinco menos cuarto
Sí,
el mundo puede estallar a las cinco menos cuarto de la
madrugada... ¡Francisca...!, levántate, niñacha!, ¡yay
queyir! Siento su voz acre limándome el sueño dentro de
la cama, me estiro y ahí está otra vez, pidiéndome que
me levante, pero es que aquí se está tan calientito que,
no sé, dan unas ganas... y entonces pienso en él, ¿me
llevará la sorpresota que me prometió para hoy al puesto
de emolientes?, ¿estará pensando en mí?
No,
no estoy pensando en ella, lo que me preocupa es ese
problema con el Seco, el maldito me quiere dar vuelta por
aquello con su mujer y, mientras más me da miedo,
mientras más pienso en la conveniencia de salir a la
calle o no, ese tarado de mi viejo que sigue haciendo
aquel ruido infernal en el taller. El ruido es porque
estoy haciendo una cruz grande, pesada, fuerte, me la
pidieron para colocarla en la cima del cerro La Aparecida
durante las fiestas del cuatro de mayo, pero no me va
bien, todo está difícil, incluso, desde que fui a
conseguir la madera, no sólo vi los comejenes en la
barraca, sino también a los esquejes mirándome con el
desafío del león, y me arrugué, lo juro, no pude mirar
más y terminé señalando con desdén hacia un triste
ispingo destinado a catre de pobre, herido además por los
desportillados negruzcos de la queresa que adquirió de
joven, y me dije: está bien, esta madera humilde querrá
el Señor, pero en las entrañas me quemó una lanza
emponzoñada que, cuando la cargaba, me agujereó el alma
mientras la amarraba a los tiros metálicos del techo de
la camioneta a la vez que yo mismo me decía, carajo, esta
madera no me va a servir, pero igual la cargué y la traje
para golpearla y manosearla toda la noche por esta bendita
idea de la cruz. Sin embargo, me gusta ese ruido que hace
el viejo, sólo que ya no me funciona aquel tac, tac, toc,
toc y chirr, chirr de su sierra eléctrica para agradarme,
y si me quejo, es porque no sólo es viejo, sino también
porque jode: que me busque un trabajo, que trabaje
siempre, que nunca deje de trabajar, ¡por favor!, ¡a mí
con ese sermón!, el Seco me viene a buscar para matarme y
yo ¿debo marcar una tarjeta de control en la vida sólo
para que el Seco no me seque?, ¡Ja, ja!, ¡Jamás, señores!;
y creo que yo soy su bálsamo porque le preparo unas
yerbitas en mi puesto de emolientes que lo ponen muy
alegre y sano, porque creo que todo lo que él me dice es
bueno, ay, pero si supieran lo que me susurra al oído
desde que me solté el pelo, debo parecerme a alguien de
la tele porque, de pronto, muchos vinieron a comprar más
y más emolientes y él que se esmeraba contándome
chistes y me hacía reír y me dijo que hoy en la
madrugada me daba una sorpresota, ¡a mí...!, y me hizo
sentir tan feliz que le lancé una sonrisa, con esa
sonrisa tan bonita que tiene ella, porque ahora sí estoy
pensando en ella, porque hace una semana se soltó el pelo
y yo me di cuenta al toque y me dije, ajá, por esta niña
me podrían pagar muy bien en el burdel del Seco y la
Pocha, así, a lo mejor me salvo de la crucifixión; y si
no fuera porque esta madera está podrida por todos lados,
yo hubiese hecho una cruz bonita en ese cerro y no estaría
ahora pensando en qué puedo hacer, a esta hora en que
parecen ser menos de la cinco de la madrugada y creo que
ya todo está perdido; pero si me quedo no voy a poder ir
hasta donde la Francisca y decirle, oye, la sorpresa es
que me voy de viaje, lejos, muy lejos, y entonces ella
pondrá su carita de asombrada o de triste y yo le diré:
pero si quieres te vienes conmigo, y sí, yo me iría con
él si me lo pidiera, porque se ve de lejos que es un
chico decente, y luego me la llevaría a Pucallpa, para
ablandarla en La Tronera, y en menos de cuatro meses la
traigo de vuelta recontra matreraza y derechito para donde
el Seco y la Pocha, y yo a cobrar, porque no estoy
cobrando por esto de la cruz, porque yo les dije que
gratis, sí, como un sacrificio para el Señor, a cambio
de que me lo enderece al Ignacio, que anda en malas juntas
y me roba el poco dinero que gano, y qué rico si hoy me
viene a buscar al puesto con su olorcito de cielo, y yo,
con mi perfume de agua florida para que se acerque, para
que me hable, para que se siga fijando en mí, para qué
mierda salí si sabía que allí me iban a esperar, ahora
ya no puedo volver atrás, saco la navaja, me pongo la
manopla, me suelto el pelo, me pongo algo de ese rush
baratito que me compró mi abuela diciéndome: pa’que te
pintes, Francisca, que así vamos a vender más, y tac,
tac, tac, chirr, chirr, y qué raro que no viene porque ya
son las ocho de la mañana y pensé que iba a venir
tempranito porque me lo había prometido, porque me dijo
que me iba a dar una sorpresota, y la sorpresota la recibí
yo, a las seis de la mañana, cuando tocaron la puerta de
mi taller y vi que eran de la comisaría, y el más joven,
al verme, se quitó el quepí, y yo pensando en él, en
por qué no viene, si se habrá quedado dormido, si se
habrá burlado de mí, y no hay nada en la vida que tenga
un sabor más amargo que el de invitarle un café amargo a
quien te trae una mala noticia, sí pues, al parecer, a su
hijo lo acuchillaron a las cinco menos cuarto, según un
chofer de colectivo que pasaba por ahí y vio una pelea en
el canchón, pero no se quiso meter, así que nos avisó,
pero cuando llegamos, para cuando llegué al lugar, y te
vi, ahí me di cuenta del porqué mi cruz me estaba
resultando así de difícil, porque será difícil
olvidarte pues siempre te recordaré, como un ángel
eterno caído en mi puestito de emolientes, y porque yo,
carpintero, quise hacer una cruz, la mismita cruz con la
que esperaba me perdonara el Señor por haber abusado de
su madre de joven, y por haberle dicho después que «mejor
piérdelo», y porque ahora ya no estoy, ya no está, en
esta hora cuando me doy cuenta que el mundo ha estallado a
las cinco menos cuarto... (Helbert López Calderón)