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La Quinta Rueda |
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RAFAEL BARRIONUEVO GONZÁLES |
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Dos mil diesiseis No es ningún secreto que la secreta ambición de Alan García sea volver a ser presidente el 2016. Es, pues, el secreto peor guardado de Palacio. Dicen que para coincidir con el segundo centenario de nuestra independencia, o porque un par de años después no la cuenta, o simplemente porque se le hizo costumbre postular y a nosotros, hábito perdonarlo. De cualquier manera, dicen que está guardando baterías para el 2016 y cualquier cosa que vaya a ocurrir hasta ese entonces, es responsabilidad enteramente nuestra. Imaginar escenarios electorales para el 2012 es, entonces, una obligación que nos permite evitar futuros desbarajustes o colapsos emocionales en caso todo le salga bien a nuestro excelentísimo García. Es nuestro deber arruinarle los planes y liberar a este país de las pretensiones cabalísticas del único hombre capaz de tumbarse la economía del país, y a la vuelta de quince años, ofrecernos la receta secreta para salvarnos de todo aquello que alguna vez cometió. Puesto así, el quinquenio 2011-2016 se nos presenta apenas como una antesala, no más que una vicisitud de los almanaques. Ollanta sobre el trono o Keiko embutida en la banda, son anécdotas aprovechables que cobran sentido en la medida de su ineficacia como estadistas. Donayre sería, entonces, el sueño opiáceo de García. A peor gobierno, mejor recuerdo. A mayor crisis, más nostalgia. La única salida va a ser, pues, encontrar algo mejor. Y no debería ser difícil. Si el parámetro es García, cualquier cosa que se aleje de su dimensión va a ser saludable. Frente a la vacuidad de las palabras, la virtud de la sensatez. Contra la pirotecnia de las cifras, el tranquilo deambular de un plan. Bastará apostar por la seriedad y la cordura para alejarse sus buenos kilómetros de todo aquello que representa el oficialismo hoy por hoy. ¿Es difícil esto? Por el momento sí. A dos años de los comicios, el catálogo electoral luce aun gelatinoso y fosforescente. Cada outsider que se nos presenta es un voto asegurado para el futuro García. Con los partidos hechos pedazos, sólo se impone la opción de construir una candidatura que en vez de consensos aglutine personalidades. Y cada personalidad vaya con una virtud adosada. De manera que la honestidad, la eficiencia, el honor, la frugalidad, la sencillez, el altruismo y demás palabras olvidadas se integren a la política. Formen parte del léxico cotidiano. Sean indistinguibles del arte de gobernar. Y ese día, en ese instante, el ominoso García habrá llegado a su fin. Para siempre. |
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