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Jesús Martínez |
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Desde Ayacucho con amor En nuestro imaginario colectivo, a Ayacucho lo asociamos con dolor, con muerte, con violencia. Eso quizás haya frenado tan deseado viaje por años. Uno es estúpidamente presa de los prejuicios. Mea culpa por tan poca audacia. Que además ni se necesita. Es muy sencillo, llegar, instalarse y sentirse a gusto. El clima es mejor que en Arequipa. Los precios son humanos. El cotidiano no está orientado al turismo. Uno pasa piola. El barroco, la artesanía, el paisaje, te cautivan. Bueno, hasta aquí con la perspectiva Foptur.
Ahora la otra cara de la medalla. La Huamanga que discurre silenciosa solo en las memorias. La víctima pero (no seamos inocentes) sin duda también victimaria. La que es tan difícil mirar de frente. Entonces, como lo hacen ellos, miremos sigilosamente, de costadito, que las viejas espinas duelen. Las historias atroces de los desaparecidos, los relatos épicos de los desplazados, los testimonios desgarradores de los sobrevivientes. Conocí muchos hombres, muchas mujeres y nunca fueron ellos quienes me contaron directamente su propia historia, su propio drama. Me enteré por otros. El pudor tan digno de los ayacuchanos que luminosamente se refleja en su ciudad. Su voluntad determinada de no ser eternas víctimas. Aunque sea imposible el borrón y la cuenta nueva. Más de setenta mil cicatrices nos lo impiden o las fosas, o los hornos o los botaderos.
Y frente al horror insospechado la sonrisa testaruda de la gente. Sobretodo las de los jóvenes convencidos de la necesidad de mantener la memoria organizando asociaciones, coloquios, escribiendo, contactando. Al seminario organizado por el Centro de Estudios Históricos Regionales de Ayacucho vinimos muchos, antropólogos, historiadores, literatos, incluso de afuera, a hablar, a enseñar, a compartir experiencias. Sin embargo, somos nosotros los que aprendimos la simple lección de aquellos que nos acogieron: la memoria no necesita de mucha ciencia, de mucha ley, sino sobretodo de la voluntad inquebrantable de creer, colectivamente, que para que sea posible una nación futura en paz se necesita de un presente que no niegue ni pretenda olvidar el pasado. Por más trágico, por más doloroso que sea el balance. La ecuación no es complicada, se trata de observar, de mirarnos en el espejo roto que muchos pretendemos esconder. Si lo hacemos con cuidado veremos que poco a poco será menos complicado vernos y reflejarnos unos a otros. Peruanos todos al fin y al cabo. Gracias Ayacucho. El que escribe y que hoy se va, no será ya más el mismo que hace una semana llegó ansioso y temeroso. |
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