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Informe |
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| "Prohibido leer, letreros nocivos para el entendimiento" Curiosos accidentes en el verbo nacional Para publicitar algo o indicar condiciones sobre ciertas propiedades, por ejemplo, los peruanos no hemos tenido reparo alguno en trasgredir el lenguaje hasta crear uno propio. La forma de expresarnos, ya sea en un mural o un letrero, se ha convertido en un curioso indicador: el peruano es excesivamente práctico al momento de comunicar algo y muchas veces carece de criterio. Lo que sí es innegable, es que su nivel de ocurrencia es insuperable.
Las curvas y los huecos están acabando conmigo". Un orgulloso camionero pintó con tiza húmeda esta irónica frase en la destartalada puerta trasera de la tolva de su volquete, al parecer, en vehemente declaración de vigencia. Los choferes de combi, por su lado, están convencidos de que las feas deben pagar doble si osan abordar su reluciente unidad, o al menos es lo que manifiestan en los stickers que pegan muy cerca de la guantera. Quizá esta apelación al "achoramiento" semántico en la frase, encuentra su homólogo más directo en los titulares de los diarios chicha. Pero las declaraciones o proposiciones de este tipo no son las únicas expresiones predilectas de los afanosos por comunicar algo a como dé lugar. Muchas veces las amenazas o advertencias también se pintan o pegan ya sea en un muro o en una calamina como sucede en los barrios donde el ladrón no tiene perdón, así robe al colega. "Aquí a los choros los quemamos vivos y sin kerosén". Igual suerte, pero sin consecuencia mortuoria, sufren muchas veces aquellos testigos de Jehová que en sus intentos por llevar su palabra se encuentran con un sticker pegado en la ventana que dice: "este hogar es católico por favor no insista" Los letreros contienen, desde originales nombres de cevicherías, como "conchas y sus mares" hasta frases ofertando oportunidades de reducción del tejido adiposo en escasos minutos, a razón de una faja, o prometiendo un vertiginoso rejuvenecimiento en cuestión de segundos. Ahí está la eficaz traducción del ingenio y la falsa promesa, una combinación que, en este caso, quiroprácticos de dudosa especialidad y brujos cebadores de reptil, han sabido aprovechar por medio de una frase "jaladora".
Leopoldo de la Jara, autor del libro "El ojo del buen cubero", dice que para entender estas cosas uno necesita gozar de un agudo sentido de la observación. En todo caso, "no basta con ser un buen observador", atributo que este tipo de letreros no exigen al espectador, debido a su lenguaje directo y, en ocasiones, vulgar, aunque atractivo. Los letreros que, de por sí, despiertan sensibilidad criolla y mórbido interés, son justamente aquellos que prometen milagros, los que por una letra cambian brutalmente el origen de la idea o aquellos que prohíben presencias animales en lugares inusuales.
Alguna vez quise saber en qué lugar inicialmente se puso de moda la yesoterapia pero nunca me causó curiosidad cuánto podría costar la extracción, sin dolor, de un uñero. Pues debe saber señor lector que este tipo de intervención quirúrgica, según letrero, cuesta el equivalente a tres cervezas en su mejor oferta, diez nuevos soles. También es difícil aceptar que un montón de basura se haya convertido, de buenas a primeras, en candidato a la presidencia del país, la región, o tal vez a la alcaldía municipal. A pesar de desalentar el voto, la pinta no especificaba el cargo al que postulaba el desecho. En ese olvidado muro del distrito de Umacollo sólo decía: "no votar basura"
No obstante se puede coincidir con De la Jara cuando dice que este tipo de frases "hacen de nuestro país un destino turístico donde, para pasarla bien, solo basta con sentarse a observar desde la banca de alguna plaza", es consejo de un buen cubero. (Jhonatan Segura)
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