Artes & Letras

Crónica

Andrea en el hipódromo 

La siguiente crónica de Herman Bouroncle, narra su experiencia trás asistir al concierto de Andrea Bocelli, en Lima. Más que sólo música.

Una vez sentados, después de interminables minutos y largas colas, el señor de al lado no dudó en desfogarse, que doscientos soles era mucho para estar sentado tan lejos al canto, no veremos nada.  Mi esposa y yo nos miramos pero no dijimos nada sobre entrar pagando el triple por lo de  las entradas agotadas y la consabida reventa, y más el "bonus" de viajar mil kilómetros  desde Arequipa. Pero, oiga, Andrea es para escuchar, ni él mismo ve. 

Entonces comencé a  fijarme en todo como inquisidor. Torre de mando en el medio, tres pantallas, una más  hubiera sido bueno para la galería, pensé. Baños ambulantes con cola inmensa de  apurados usuarios a un costado. Lejos, en el área de servicios, el humo de los parrilleros  oficiales se fugaba al cielo para quitarle negrura. Y el inmenso suelo de tierra, gente bien o  normalmente vestida instalada arriba del polvo en reposo con piedritas y todo. 

El Perú  con nobleza de espíritu frente a una de las prominentes voces del mundo, con los zapatos  blancos de circunstancia,  al lado de una pista de caballos. La sillería tardaba en llenarse,  las acomodadoras iban y venían acompañando a gente sobre todo mayor, como jugando a colocar fichitas en un descomunal casillero blanco. Después de dos horas quedarían menos espacios sin público como para empezar el concierto y ya habrían advertido no tomar fotografías ni siquiera con teléfonos portables. El reloj marcaba las nueve y media de la noche.

El concierto 

Aplausos de entusiasmo, remoción de la modorra, avivamiento y aniquilamiento de la espera. La Orquesta Sinfónica de Lima inaugura la noche con la obertura del Barbero de Servilla. ¿Dónde está Andrea? Apenas son figurillas de ilusión los integrantes de ese tejido de músicos donde asoman tonos color madera entre otros negros y blancos. Andrea subirá de un momento a otro. Por lo pronto a Eugene Kohn que dirige la orquesta no se le nota. El escenario ha sido construido muy bajo. Las cabezas de la unidad de seiscientas sillas donde nos ubicamos lamentablemente tapan toda la visión posible. La orquesta termina, Andrea aparece, levanto la cabeza para confirmar que no lo veo, que no lo puedo ver, miro las pantallas, su cabeza se repite tres veces, tiene el pelo cano y esa expresión serena de siempre, hay emoción y antes de permitir un segundo suspiro a la audiencia su esperada voz se encarga de domar los bríos de un público hambriento.

La mujer es voluble, como una pluma al viento,

cambia de palabra y de pensamiento.

Siempre su amigable, hermoso rostro,

es falso, en la risa o en el llanto. 

Andrea canta como un instrumento que sigue su pentagrama. Educado pero no exaltado. Se recoge unos pasos atrás discretamente cuando termina su pieza. Me pregunto si algo no le gusta. La orquesta de Lima es muy buena. Pero él como invidente debe tener el oído más desarrollado. Andrea, lo siento, en el Perú…, una vez en el Cusco en el Festival de la Cerveza disfruté de un audio de los dioses. Oh, Andrea, tú también te has dado cuenta de que así no se te puede tratar. Esas únicas columnas de sonido frontal no pueden cubrir toda la explanada de Monterrico. Que vengan los ingenieros y demuestren lo contrario. La distancia que hay de canto a canto: el sonido llega tarde, con distorsión, disminuido, apagado, obligadamente bajo para los de galería a riesgo de volarle los tímpanos a los de super ultra vip sentados delante del divo.

Termina el intermedio de quince minutos, lo  acaba de anunciar una llamada en inglés. Por un momento, please return to your sits  me  hace creer que estoy de visita en un evento internacional pero la visión de nuestras sillas de plástico organizadas como en campo ferial sobre la tierra aplanada del hipódromo de Monterrico siglo XXI delatan que sólo erupcionó una achorada afectación, quizás la  locutora vio Film & Arts en la tarde.  El clima es más distendido, la pantalla proyecta imágenes en blanco y negro como  rescatando la inocencia de una época de Italia. "Quiero vivir así", todos quisiéramos vivir  así. 

Voglio vivere e goder / Quiero vivir así y gozar

l’aria del monte / el aire del monte,

perché questo incanto/ que este placer

non costa niente / no cuesta nada

Se cantó bonito. Cantó e incantó. Granada, Bésame Mucho, Mamma, Vieni sul mar. La noche fluía como el tiempo fuga de un reloj distraído. Y Funiculi Funicula hasta la repetición como despedida de una audiencia vibrante. Andrea vocalizaba cada sílaba para cantar, nosotros o-í-a-mos cada sílaba e inmediatamente la volvíamos recuerdo. 1995, los Claustros de la Compañía, Norkita sentada conmigo, la noche de tosca frescura pero muy lírica, las cúpulas de sillar, una reminiscencia morisca, una furtiva lágrima, Arequipa era una nota sostenida. Andrea hace levitar la masa, derrota a los ilusionistas, el encantamiento es colectivo, todos abandonamos el suelo sucio, pinchamos el infinito, puedo brincar hasta el cielo, dijo el abuelo una vez –con mi pensamiento. Por cielos y mares, mi fin de trayecto eres tú.

La salida

Fue una noche memorable. Ahora que hago memoria de aquella vivencia lo que me impresionó tanto como el momento de entrar, imagínense constituirse en el hipódromo  con cinco horas de anticipación, fue el momento de salir. Poco faltó para que fuera una  estampida. Claro que había gente de esa que no empuja, algunos de camisa y corbata y tal  vez calzado de charol con taco aguja, pero el término cabe, sí señor, porque era una  corriente desbordada en un sentido que todo lo cubría irremediablemente a su paso. Era  una avanzada, pero nosotros no sabíamos hacia dónde.