La Quinta Rueda

RAFAEL  BARRIONUEVO  GONZÁLES

¿Qué espera Ud. del mensaje a la Nación?

Esta trillada pregunta es parte del rito patriótico de julio, comparable sólo a colocar la bandera en nuestras casas o lucir una escarapela en los sets de televisión. Y aunque es ociosa la pregunta, tomarse su tiempo para responderla es más inútil aun. Debe ser por eso que, ante la arremetida del micrófono que a bocajarro espeta la cuestión, el que menos se arma de divagaciones que, bien aderezadas con un poco de sueños y esperanzas, por lo menos disimulan lo estéril del asunto y hacen menos aburrido el vacío. Pero para eso sirven los ritos.

¿Qué espera usted del mensaje del 28? La pregunta cae como un chubasco repentino y moja a todos. El primero en sacudirse es el obrero que reclama un aumento de sueldo como primera, como segunda y como tercera medida. Nadie espera que de verdad vaya a ocurrir ello, ni siquiera el obrero que postula la petición, pero dejar escrito y firmado el pedido, como que tranquiliza los nervios. En fin, que por lo menos las ilusiones se tomen la libertad de volar alto.

Pero no todo es el vil metal. Muchos también quieren precisiones políticas, respuestas inmediatas, medidas de corto, mediano y largo plazo. Esos son los analistas, los que no se contentan sino con tenerlo todo por escrito para que el próximo año, cuando nada de eso haya funcionado, puedan elaborar otra detallada lista de omisiones para un siguiente mensaje. Total, que lo importante en este caso no son los temas pendientes sino la cantidad de palabras que pueden salir de ellos.

Pero, por lo general, un mensaje no suele ser ni lo uno ni lo otro, ni ninguna otra cosa si la hubiera. Es más que todo un tributo a la memoria y un alarde de suficiencia presidencial. Son pocas –y tenebrosas- las ocasiones en las cuales un mensaje sirvió para anunciar algún cambio importante. Como parangón tenemos la estatización de la banca, y al parecer eso bastó como lección. A partir de ahí, el mensaje pasó a ser una tímida invocación a la calma y un llamado para anunciar que la primavera de todas maneras habría de comenzar en setiembre.

Por eso, cuando la consabida pregunta se acerque rengueando, carcomida por los años y con una autoridad de tía vieja nos diga: -¿y qué esperas del mensaje presidencial? ojalá tengamos la lucidez para no caer en su juego. Respondamos con la verdad, como quien responde un cuestionario que ni siquiera el presidente tiene ganas de absolver. ¿Qué esperas, entonces? Sólo que no dure mucho. Y que no me interrumpa el almuerzo.