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¿A qué nos obliga el himno nacional?

El voto solemne

La noche del 23 de septiembre de 1821, el general libertador José de San Martín se encontraba sentado cómodamente en las butacas del Teatro de Lima. Lo acompañaban próceres de la lucha de la independencia y gentilidad limeña. En aquella oportunidad oyeron todos por primera vez lo que hoy conocemos como nuestro himno nacional.

Dicen que luego de concluida la ejecución de su coro y estrofas, se pararon, aplaudieron efusivamente y vitorearon la Libertad. Pero hoy, luego de 188 años de la proclama, después de haber repetido obligatoriamente miles de veces el himno, ni nos paramos, ni aplaudimos, sino que analizamos y criticamos este artefacto cultural.

Dos puntos deben quedar en claro. El primero, que todo texto o discurso —entiéndase por discurso toda praxis o interacción social— es un acto de habla y por tanto existe en él una intencionalidad. Una palabra, una oración, nunca es dicha al azar. Incluso si estuviéramos solos en un desierto, nuestra intención sería darnos ánimos o rogarle un poco de agua a Dios. El segundo punto, como ya se entiende, es que siempre al ejecutarse un acto de habla existirá un enunciador y un receptor, aunque estos dos puedan encontrarse resumidos en una sola persona como en el ejemplo anterior. Aclarado esto podemos iniciar nuestro análisis respondiendo a través del propio texto una pregunta fundamental.

¿Quién es el enunciador del himno?

La primera aseveración que daremos es que existe un enunciador y dos sujetos enunciados distinguibles en el coro y primera estrofa del himno nacional. El enunciador —que no hay que equiparar con el autor (biográfico) del texto— en el coro del himno se considera como parte del discurso: "Somos libres, seámoslo siempre". Crea de antemano a través de verbos un "nosotros" único, certero y determinado que ante el oscurantismo de la colonia se declara libre, no sin antes romper su voto de fidelidad.

Es obvio que el indígena no firmó ningún tipo voto con y ante España y sí, mas bien, la clase criolla colonial. De tal manera el primer sujeto enunciado o del discurso, que es también enunciador, es el criollo libre. Este, al tener la batuta del discurso, ordena su estructura otorgando a cada uno lo que supuestamente corresponde. El segundo sujeto —construido por el primero, que no se incluye y no es parte de un "nosotros"— es distinguible a partir de los cuatro primeros versos de la I estrofa, y se le denomina como "el peruano oprimido […] condenado a una cruel servidumbre". La descripción parece acomodarse a una realidad duradera. Las cadenas y el silencio no parecen pertenecer al mundo criollo, de allí que el enunciador se excluya, dejando tal condición ominosa al segundo sujeto del discurso, que para estos efectos podemos identificar con el sujeto andino.

La sola distinción entre criollo y andino marca un primer hito de exclusión. La discusión podría abrirse, pero es necesario terminar de analizar los siguientes versos de la estrofa. En ellos, el lugar de enunciación del sujeto criollo se hace evidente. "¡Libertad! en sus costas se oyó". El carácter sagrado de la libertad, nótese, emana de la costa hacia el esclavo y el humillado que, en las letras patrias, pertenece al ámbito del sujeto andino. La gesta por tanto, dentro de la construcción del discurso, no pertenece al ande, sino a la costa, espacio vital donde se funda el mundo criollo.

El himno, como hemos visto, está construido desde la criollidad de sus gestores, con una intencionalidad clara, no desde la andinidad o la choledad. "El mundo criollo —dice Gonzalo Portocarrero—pese a su insignificancia demográfica, se asume como la encarnación del Perú". Son ellos los que tienen la voz y quienes operan la libertad. Entonces, el peruano oprimido, salvaje e incapaz en el imaginario colonial, sólo espera paciente que le llegue desde arriba esa libertad. De allí la preeminencia ordenadora del enunciador en la propia estructura del texto. Volviendo a él, observamos otra peculiaridad que demuestra el afán criollista del himno.

Los enunciados hechos por el sujeto criollo son de tipo realizativos, es decir, aquellos que crean un nuevo estado de cosas —la libertad y el proyecto nacional— y los enunciados hechos acerca del sujeto andino son de tipo constatativos, que solo pueden ser analizados en términos de verdad o falsedad. A partir de allí podemos interpretar, una vez más, las intenciones de la sociedad peruana de comienzos del siglo XIX por perennizar su excluyente proyecto nacional. Un peruano andino, viejo y siempre sumiso, redimido por un peruano criollo, nuevo y libre que acaba de nacer. Hemos dejado las reflexiones en torno al receptor, las interpretaciones que escudriñen en profundidad el papel de la Iglesia y la religión católica en este artefacto cultural, porque al final de todo, con un mínimo de pericia, descubriremos que no hay nada allí que nos pueda sorprender. (Arthur Zeballos)