Jesús Martínez

PorNO parking

Santiago Mataindios de Yuyachkani : Antídoto contra el olvido

Son solo tres actores, tres, los tres últimos habitantes de una comunidad andina. Doña Bernardina tiene el pelo azabache. Está contrita y densa rezando en una banca. A su lado el vaivén de Don Armando, el mayordomo, seguro ya con alguna copita dentro. Desdibujado, atrás, como viniendo de siempre y hacia siempre un violín andino expresa el sentir del guardián indio del templo. Todo está oscuro salvo las pequeñas esferas de luz que manan de antiguos candelabros. El ambiente sería el del recogimiento.

El público entra de puntillas y se apuesta a la espera del inicio de la función. Corre viento helado fuera de la Iglesia. Bernardina no encuentra las llaves del altar de Santiago. Este año salvo milagro, el santo no saldrá. Hay un gran bulto cubierto de tela roja cerca a la entrada. La música cesa y saca a Don Armando de su quehacer. Se dirige sospechoso hacia el bulto. Lo descubre de un tirón. Es el inutilizable caballo blanco del santo. Bajo los cascos de éste, yace el guardián del templo en ademán de resistencia. Don Armando se encarama presto al lomo. La metamorfosis sigue su curso. Se entabla un diálogo desgarrador. Nada cambia. Cada quien sigue impertérrito y estanco en su lugar. Santiago por encima y el indio por debajo. A pesar de la pelea. A pesar del llanto de Bernardina sufriendo por sus hijos gemelos que no cejan de hacerse daño.

Luego la pieza retoma un camino lineal. Nos enteramos que la doña quiere sacar en andas al santo para que le haga un favor: quiere ver de regreso a sus dos vástagos. Nos enteramos que sus dos hijos, guerrilleros, han muerto probablemente a manos del gobierno. El guardián se atreve y lo dice. Sin embargo la fe será más ciega y Bernardina no querrá oir la confesión del indio. Se encuentran las llaves del altar. Se viste al santo. Se colman las andas de flores. Todo está casi listo para su salida antes de la madrugada.

Casi, porque, se opone Armando, pues bajo el tayta Santiago exhultante siempre va el indio aplastado. La mujer y el mayordomo cercan al guardián. El indio manotea. Lo logran amordazar. Lo calzan bajo el caballo. Empujan las andas y ya justito al salir, el indio se libera. Salta. Cierra las puertas de la iglesia. Santiago no saldrá. La procesión irá por dentro.

El público aplaudió a rabiar, a pesar de que muchos no entendieron los tantos pasajes en quechua. Yo tampoco entendí. Pero comprendí que no comprendía. Y en ese intersticio se alojó mucho sentido. De simple espectador pasé a protagonista. Mi ininteligibilidad me añadía al circuito de secretos. Yo sabía que Bernardina no sabía que Armando sabía que el indio sabía que a sus hijos se los mataron. Se me aguzó el oído para darme cuenta que en la trama de la historia estaba alojado también yo y el resto de espectadores: entre lo obvio del español y lo oculto del quechua anidaba una memoria viva que no necesitaba idioma, la memoria del dolor frente a la ausencia de los desaparecidos.