Wilfredo Ardito

Reflexiones peruanas


Una charla en territorio gay

-¿Ustedes conocen personas heterosexuales? –pregunté.

Hubo un momento de desconcierto.

-¿Habrá heterosexuales en esta sala? –insistí.

-¡Nooo! –exclamaron varias personas-. ¡Esas cosas sólo suceden en Lima!

Este tipo de anécdotas no sólo reflejan un desconocimiento de términos. Recuerdo a un profesor iqueño que, al encontrar que en un cuestionario se le preguntaba si tenía amigos heterosexuales, respondió que "no andaba con pervertidos". Tanto él como los funcionarios de Urubamba confundían las palabras heterosexual con homosexual y asociaban esta última palabra a una conducta contraria a la moral.

Para mí, la moral tiene relación con la buena conducta de una persona. La orientación sexual no tiene mayor relevancia en ello, como tampoco la tienen el estado civil, la estatura o el lugar de origen… pero también es cierto que hace veinte años no pensaba de esta manera.

La mayoría de peruanos todavía vinculan la homosexualidad con prostitución, marginalidad y violencia. Creo que estos prejuicios estaban en la mente de varios funcionarios de la Dirección Regional de Educación de Apurímac, que el año pasado justificaban que un alumno homosexual fuera retirado del colegio. Yo tuve que hacerles ver que para un adolescente sin mayores posibilidades laborales, con frecuencia, la única salida termina siendo la prostitución. El colegio asume que se limpió de un "mal elemento", sin asumir las consecuencias personales y sociales de su decisión.

La sociedad peruana, para los homosexuales, tiene como actividad aceptable ser peluqueros, siendo inconcebible que pretendan desarrollarse como médicos, policías o profesores de colegio. Esta última posibilidad crisparía los nervios de la mayoría de padres de familia. Hace unos meses, la película Milk quiso presentar ante el público estadounidense la mentalidad existente décadas atrás, mostrando como en los años setenta se pretendió infructuosamente retirar a los profesores homosexuales de las escuelas. Vista desde el Perú, parecía una película futurista.

Es posible que las generaciones más jóvenes tengan menos prejuicios. En el movimiento de derechos humanos y los círculos académicos, laborales o religiosos que frecuento, ha sido visible el cambio de mentalidad. Sin embargo, me parece que, como en otros problemas de discriminación, en este aspecto, el camino que todavía nos queda por recorrer será largo.