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La Quinta Rueda |
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RAFAEL BARRIONUEVO GONZÁLES |
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La ignominia infinita Todavía no es la peor universidad del país. Pero está peleando duro por ese honor. Por lo menos, ya está en la categoría de negocio familiar. De esos negocitos que sirven, más que todo, para parar la olla. Para que nadie pase hambre, ni las esposas que devienen en emperatrices, ni las barraganas que encuentran un asilo para su trayectoria, ni los jerarcas que tintinean su importancia sobre todo cuando hay comisión extra, ni los cientos de hijos calaveras que aspiran a la tranquilidad de un sueldo sin sobresaltos. Ya esa universidad es un asilo de gorrones que, de paso, convoca y recoge a jóvenes despistados que creen que la educación superior es sólo un cartón refrendado por el Estado. La UNSA los ofrece, al voleo, con megáfono de circo, pancarta de feria y seis funciones, seis. Con show previo, para ir calentando; y carnaval de grados, al final. Y que incluye, cotillón interno, medallitas sucesivas, diplomas consecutivos, fotos de cada ocasión y la mejor sonrisa del mismo rector de turno. Es decir, inscríbase ahora, inscríbase ya. Detrás de ese mostrador, el espanto. La corrupción que ya solidificó y encarna en sus autoridades. Sicilianas. Caponescas. Celosas de su tradición y del apellido institucional. Y por ello, dispuestos a hacerse mil veces los locos, diez mil veces los cojudos ante la inminencia de cada elección (porque ese garito se presume democrático, encima. Pero esa es otra historia…). Basta con que les acomoden una dádiva, un cursito extra para pagar la letra de Saga, una reunión con el juez que les ve su caso, un puestito para la hija que les salió medio brutita, o el título que les falta en su pared del comedor. De universidad le queda poco. Salvo las gloriosas carpetas de lata y los ilustres pisos de parquet. Y el escudo, claro. Que a cualquiera confunde. Que gotea su prestigio, lo poquísimo que le queda, en cada abominable ocurrencia mercantil. En cada curso de actualización trimestral. En los cursillos de cazatontos, en los pomposos encuentros de secretarias profesionales, en los inflexibles recibitos de caja que condicionan tantas voluntarias obligaciones. En fin, la ignominia es infinita para historiarla en cinco párrafos. Ese esperpento de negocito ha renovado autoridades la semana pasada. Se nota un cambio importante: menos pilosidad facial. Es decir, el único argumento de renovación vino por cortesía de Gillette Ultra. Sólo fue una rotación del directorio, un reacomodo de los asientos y el rey que le encarga –por teléfono- la corona a su delfín. Delfín entrenado en ese abominable arte. De traerse abajo un ideal de sabiduría, en aras de otro billetito de cien lucas. |
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