Crónica

Nuevos paisajes para una antigua devoción

La fe de los peregrinos

Este año el cerro Escalerillas no fue el único camino escabroso para llegar al santuario de Chapi, el servicio de transporte también fue un gran impedimento, no sólo para el que iba fervoroso a visitar a la “Mamita”, sino para el que volvía redimido y tuvo que esperar por horas para conseguir movilidad de regreso.

Hubo contusos y deshidratados, devotos inquebrantables y fieles indiferentes al caos vehicular e infernal saturación del camino. Los peregrinos parecen ser una raza distinta dentro de los que dicen tener fe. Este año la peregrinación al santuario de Chapi fue más épica que años pasados. La afluencia de gente no sólo desbordaba por el recién estrenado asfalto, sino que hizo de los eriazos cerros un lugar habitable brevemente.

Antes de “Siete toldos” las colas interminables de carros ya pintaban imposible la llegada. Y es que una noche antes toda la vía colapsó. Uno de los 200 efectivos policiales encargados de poner orden en este espacio nos informó que el terreno previsto para aparcar solo a vehículos particulares no abastecía a la mirada de autos y camionetas que llegaban de la ciudad. Incluso culpó a estos conductores de iniciar la gran saturación por la que luego muchos fieles pagarían con ampollas y fracturas de tobillo.

Según el suboficial PNP Roberto Rivera, solo los vehículos con un permiso especial podían acceder al tramo denominado “embarcadero”, a pocos kilómetros del santuario. Sin embargo, la mayoría de conductores de vehículos de servicio público intentaron penetrar hasta este punto agravando la situación.

De este modo la gente que sufría la eterna angustia de avanzar cinco metros cada quince minutos asaltó las pistas, trepó los cerros y se amarró un trapo a la cabeza. La peregrinación obligada es inminente, sin embargo el sol no conoce de devoción. Pareciera que ante esta muestra de humana entrega se ensañara más. Así, familias enteras descendieron el cerro “Escalerillas”. En tanto, en la planicie del santuario no cabía un alma más aunque sea de costado.

Desesperados. Hacen lo que sea por un lugar en la combi de regreso.

La misa central a cargo del padre Pedro Bustamante generó expectativa llegando a su máxima plenitud con la procesión de la imagen de la Virgen con sus atuendos dorados. Entonces las lágrimas superaron en cantidad a los pétalos lanzados por los fieles. En ningún momento los brazos claudicaron en su intento de tocar aunque sea la vieja madera de los andamios. 

Todos querían acercarse al ídolo verdadero por quien se caminó descalzo y con graves enfermedades. 
Cuando la imagen se acerca, el fervor crece peligrosamente, y así lo experimentó una mujer a la que tuvieron que empapar en agua y alcohol por temor a un desmayo. Lo único que se distingue sobre las cabezas son pequeñas réplicas de la Virgen, fotografías y botellas con agua listas para bendecir con el sólo tacto de los atuendos de la “mamita” de Chapi.

Cuando la procesión termina solo queda secarse las lágrimas, recoger las frazadas enrolladas y polvorientas y hacerse de un bastón que sostenga el cuerpo, pues esta vez toca ascender el cerro. Ir por la pista demandaría mucho tiempo. Además por ahí, a esta hora, el que menos lucha por un asiento de bus, aunque se tenga que meter por las ventanas, o tirarse a la tolva de un camión que recoge sillas y primus a kerosene, no sabiendo que el retorno a la ciudad en un bus será más crítico que la sofocante peregrinación, porque al menos afuera, aunque soleado, el viento corre con devota generosidad. (Jhonatan Segura Caballero)