La Columna

MABEL CÁCERES CALDERÓN


Hipocresía

¿Qué hay detrás de la crítica demoledora a Hilaria Supa por parte del diario Correo de Lima?

¿Afán por impulsar a los congresistas a mejorar su nivel cultural y de lenguaje?

¿Combatir al partido nacionalista del cual Supa es representante, descalificando a una de sus congresistas?

¿Expresar su incomodidad y fastidio porque alguien como ella ostente un alto cargo en uno de los poderes del Estado?

Yo creo que nada de lo primero, un poco de lo segundo y mucho de lo último. 
Esto último se llama racismo. Y punto.

Porque “alguien como ella” quiere decir estar en las categorías menos apreciadas en alguien que tiene su posición: mujer, indígena, provinciana, poco instruida. Y, curiosamente, ninguna de ellas representa una verdadera desventaja para el ejercicio de la representación política.

Porque, si no se ha enterado el autor de ese artículo despectivo, la mitad de la población peruana es mujer, un tercio es indígena, dos tercios provincianos y el 60% tiene poca instrucción.

En cambio, aún con llamarse Mariátegui, apellido asociado con la sensibilidad social, gracias a José Carlos Mariátegui; Aldo, el articulista, representa a una minoría muy pequeña en el conjunto de la población peruana: limeño, blanco, educado, sofisticado y con relaciones en los cerrados círculos del poder capitalino. Todo eso le permite mofarse de una congresista sin problemas.

Pero es precisamente por eso que ocurre esta polarización y aparente contrasentido del dominio de las minorías. Como señalan los estudiosos del tema, el racismo no es más que un tipo de relación social en el que un sector domina a otro con el argumento de su superioridad biológica.

En el Perú, el concepto está tan internalizado en el imaginario social, que ya tiene categoría de axioma. Los ojos azules y la piel blanca, son inmensamente preferidos a la piel morena y los ojos pardos, o los ojos chinos. Los apellidos extranjeros sobre los quechuas, la talla alta sobre los retacos, la esbeltez extrema, por sobre la categoría de “llenitos”.

Son leyes no escritas, pero estrictas. A un grupo social le está reservado el orgullo; al otro, la vergüenza. A uno la libertad, al segundo la esclavitud; al primero la calidad de vida, al segundo, la sobrevivencia. Y, por lo que se ve, nadie cree que esta situación de hecho deba discutirse.

Aunque no haya un solo ciudadano peruano que se califique a sí mismo de racista. Y en todos los debates y foros se hable del tema como si nos fuera ajeno. Y todos sepan muy bien mantener una postura “políticamente correcta”. La gran mayoría de quienes pertenecen a la clase privilegiada, lleva en sí un racismo casi genético. 

Todos los demás argumentos ofrecidos por Aldo Mariátegui son deleznables. Lo único obvio es su desprecio por una raza que el Amauta admiró, entendió y defendió. Qué lástima que Aldo sea su descendiente. Sin ofender a su madre, espero que no lo sea.