|
Jorge Luis Ortiz Delgado |
Memorias del escribidor |
|
|
|
|
Benedicto X (VI) H Quizá el dato del diario Le Point de Francia, recordando que de los 264 papas registrados en la historia sólo 4 han renunciado a su cargo, no vislumbre una posibilidad ni siquiera cercana a la abdicación del actual jerarca de la Iglesia católica. Su reciente publicación se expresa en el contexto del mayor desconcierto y pesimismo producido en los habitantes –entre fieles y el resto– del país galo gracias a las últimas declaraciones de Benedicto XVI, seguramente, la más infelices en lo que va de su pontificado. Por eso, los sondeos de popularidad que se adjudican al Papa, según la prensa francesa, dan cuenta de la deteriorada simpatía que él y su curia esparcen en sociedades como aquella, en donde las libertades personales han tenido mayor vigor que las imposiciones teocráticas. El verdadero dislate de las declaraciones de Benedicto XVI (él adujo, al empezar su gira africana, que el preservativo, al contrario de proteger a las personas del sida, incrementa el problema) no es la confirmación de su dogma respecto de los métodos anticonceptivos o la salud sexual de las personas, retratada en los márgenes de verdad que la tradición eclesiástica ha querido imponer como signo de su etnocentrismo. Sino qué consecuencias reales y no divinas producen las palabras de un representante terrenal de cierta fe, en cuanto a la salud pública se refiere. Son aproximadamente dos terceras partes de las personas infectadas con el virus del VIH las que se encuentran en África subsahariana. Sólo aquí existen más de 25 millones de personas infectadas y, según agencias oficiales, se estima que el acceso a la terapia antirretroviral ha alcanzado a no más del 40% de la población enferma. Lo irónico de este asunto es que los obispos italianos, luego de que el gobierno francés –entre otros, como el alemán y el español– en la voz de algunos de sus ministros protestaran contra las afirmaciones de Benedicto XVI, considerando que dichos comentarios ponían en riesgo la política de salud pública, han arremetido contra las autoridades francesas por “dar lecciones” sobre el preservativo. Los prelados han fustigado a los franceses y a todo occidente acusador del Papa y les han endilgado una “actitud colonialista” al tratar de convencer a los demás que el preservativo es “liberatorio y salvador”. Ya es conocida y antigua la avidez del Vaticano por adjudicar adjetivos o cargos a sus enemigos con las etiquetas que más lo caracteriza, tan igual como acusar últimamente a los defensores del estado laico de profesar un “laicismo intolerante”. No hay diálogo con la Iglesia, ni mucho menos para cambiar posturas como las que se relacionan a la salud de las personas. Sólo hay obtusas demostraciones para conservar una autoridad y un poder cada vez más socavados en sus aspiraciones de mayor adherencia y solidaridad. |
|