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Memorias de una Dama (Lo último de Roncagliolo)
La nueva novela de Santiago Roncagliolo, Memorias de una dama, abandona los terruños pitucos pero decadentes de Lima, así como la infeliz época del terrorismo (hace unos meses Iván Thays publicó otro novela más sobre el tema, Oreja de perro, que seguro no será la última a propósito del terrorismo), para contarnos una compleja historia emplazada en el Caribe, en el convulsionado Caribe de los años treinta más unas cuantas décadas. Pese a que la novela, en gran parte, relata las desgracias ocurridas en el trópico latinoamericano durante aquellos años (las dictaduras tanto de Trujillo como de Batista, la aparición de Fidel Castro, las brutalidades intervencionistas de la CIA, etc.), Roncagliolo se divierte, mientras arma su historia, jugando a narradores (tan inverosímiles como él mismo) y asesinos (gran parte de la historia universal del siglo XX) confundidos en una trampa de espejos poco fiables. La susodicha “dama” es una aristócrata cubana que obedece al nombre de Diana Minetti, octogenaria excéntrica que desde su lujosa residencia en París encarga la escritura de sus memorias a un “negro” literario, peruano de origen, malamente establecido en Madrid. La novela es relatada por este “negro” que decide aprovechar la oportunidad para intentar, una vez más, abrirse paso en el peliagudo mercado editorial español. Por ahí aparece un jovencísimo Mario Vargas Llosa tocando en vano las puertas de prestigiosas casas editoriales, así como un tal Roncagliolo quien, a juicio del narrador, es “el típico cabrón divo y seguro de sí mismo que usa lentes de Armani y un reloj de pulsera que parece de pared”. En esta misma vena satírica, auto-paródica, se dice que este Roncagliolo alcanzó enorme éxito con “una novelita intimista, una de esas frivolidades intrascendentes no demasiado largas para que hasta los analfabetos las puedan leer”. Aludiendo a sí mismo y al éxito logrado por su primera novela, Pudor, Santiago Roncagliolo no sólo se ríe de sí mismo sino también de sus lectores. Ejercicio de humor que, amparado en lo ficticio, viene siempre bien. Parte de la Historia latinoamericana engarzada en la novela, aquello que es contado indirectamente por la aristócrata dama (“educada para ser una buena esposa, un adorno elegante en el salón de su marido”), no produce sino páginas aterradoras y tristes; mientras que las circunstancias “actuales”, aquellas que hacen posible el relato del inmigrante peruano desde tierras madrileñas, son ocasión inmejorable para matizar la tragedia con rasgos de humor, de ironía, además de puntos de vista tan contradictorios como paródicos de cierto estatus social o contexto político. Memorias de una dama está llena de trucos narrativos que rompen la verosimilitud de la trama (aunque apoyada constantemente en datos históricos fidedignos), y al mismo tiempo, estos divertidos trucos narrativos (narradores en primera, segunda y tercera instancia) aportan al delirio de la trama una mayor intensidad. En una entrevista reciente, Santiago Roncagliolo admite que, como todos, miente, pero que eso no lo convierte en mentiroso. “Todos tenemos una versión de nosotros mismos que nos deja muy bien parados en medio de esta jauría de gente claramente inferior. ¡Todo es una mentira! Lo que pasa es que los escritores somos los únicos que reconocemos que mentimos”. La novela, utilizando como pretexto la violenta historia caribeña del siglo pasado, consigue armar un artefacto literario ingenioso y entretenido (Daniel Martínez) |