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La Columna |
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MABEL CÁCERES CALDERÓN |
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Decisión El juicio contra Alberto Fujimori está en vísperas de una sentencia histórica. Sea cual sea el fallo, la decisión de tres vocales, que tienen en sus manos el destino del ex presidente, remecerá al país. Y en lo más hondo. Si la sentencia es condenatoria, será una razón esperanzadora para creer que no todo está perdido y que, eventualmente, el sistema judicial es capaz de hacer justicia, en el sentido sublime de la expresión. Lo que, en general, no ocurre en este Poder Judicial, digan lo que digan, algunos esforzados magistrados. Si es absolutoria, en cambio, será una señal más de que nuestra república, a pesar del tiempo transcurrido, sigue siendo el reino de la impunidad. Será el triunfo del sistema - legalista y lleno de vericuetos, pero de fácil acceso para los poderosos-, por sobre el valor supremo de la equidad, que es en el fondo lo que busca la justicia.
En cualquier caso, algo habremos avanzado como nación. Tener a un ex jefe de estado, en su momento todopoderoso, autoritario y mandón; sentado en el banquillo de los acusados y con el rostro desencajado cada vez que se ve confrontado con las atrocidades de su gobierno, significa que ya hemos recorrido un largo trecho. Por encima de esto. Que el motivo de su emplazamiento sea la violación de derechos humanos, aquellos cuya defensa se ha vinculado inseparable y tendenciosamente a los sectores más politizados de la izquierda, indica que el valor implícito de la igualdad de derechos para todos los seres humanos, ha calado en algo la conciencia nacional. A pesar de seguir siendo una sociedad racista, como quedan pocas en el mundo. Pero esto sólo fue posible por la constancia, la persistencia, el sacrificio y el coraje de unos cuantos luchadores a quienes el Perú no ha reconocido suficientemente su real contribución. Porque –hay que reconocerlo- fue una minoría de patriotas los que continuaron luchando por restablecer la democracia, cuando el dictador y su secuaz, Vladimiro Montesinos, confiados en sus maniobras, se enseñoreaban por sobre todo poder y sobre toda institución que, una a una, fueron arrasadas por su voluntarismo. Cuando había un grupo de compatriotas que hipotecaban sus principios y su dignidad por la posibilidad de respirar un poco del poder y las gollerías que trae aparejadas, la gran mayoría permaneció indiferente, resignada y poniendo la mejor cara de circunstancia para no ser perseguidos, como lo eran, a vista y paciencia de todos, los valientes que se opusieron a los innumerables abusos de ese régimen. Así que el país y sus renacientes instituciones le deben mucho más de lo que han reconocido a quienes pelearon y ofrecieron resistencia en esas horas aciagas. Gloria Ortiz, el símbolo de los familiares de las víctimas de La Cantuta, y Ronald Gamarra, su abogado, estuvieron hace unos días en Arequipa, contando de nuevo, por milésima vez, su tragedia y la inconmensurable injusticia que se cometió con ellos, con la anuncia de Fujimori. Sólo unos cuantos arequipeños fueron a aplaudirlos. Y debieron ir muchos, muchos más. |
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